El más ilustre de los historiadores canarios escogió llevar consigo el segundo apellido de su padre. Si hubiera utilizado el patrón que seguimos en la actualidad, hubiera pasado a la historia como José del Álamo Clavijo. En su época era fácil y común escoger los apellidos que más te gustaran de entre los cuatro posibles.
Nació en lo que, en aquella época, se llamaba el Realejo de Arriba, el día 28 de diciembre de 1731, en Tenerife. Desde su nacimiento, y manteniéndose así durante toda su vida, fue débil y enfermizo. De constitución delicada, guardaba un ligero parecido con Voltaire, al cual admiraba. Su mirada inquieta, plasmada en los retratos que se mantienen de la época, refleja inquietudes que curiosamente contrarrestaba una gran pereza llamada “modorra de los guanches” por él mismo. Vivió preocupado de su persona y de sus achaques, lo que le hizo desarrollar cierta holgazanería y destacar por comilón, lo cual parece contrastar con su nerviosismo. De ahí su vida fuertemente interiorizada, su temprana afición por la lectura, que prefirió desde niño al ejercicio y al juego y, en el plano social, su amor a la tertulia, a la conversación, a las cartas o a toda forma de exteriorizar sus sentimientos sin requerir para ello un esfuerzo excesivo.
Al año siguiente de su nacimiento sus padres se trasladaron a vivir a Puerto de la Cruz, el corazón de todos los intercambios de una isla totalmente abierta a los contactos con el exterior, un lugar de tránsito de barcos de distintas nacionalidades que abrigaba el flujo de libros de todo tipo, incluso los censurados por la Santa Inquisición. Muchos de estos libros cayeron en sus manos y cada uno de ellos fue devorado. Viera fue un lector asiduo, uno de esos lectores que leen todo cuanto les cae en las manos y que tienen la impresión de nunca ver apagada su sed. Este ambiente fue el idóneo para alimentar su espíritu.
Empezó contagiándose por la poesía, desde niño se acostumbró a versificar a toda costa y llegó a formular versos muy buenos en forma pero faltos de sentimiento, monótonos y descarnados. También lo intentó con la novela y el teatro pero Viera no encontraría su camino hasta que no se le reveló el método de pensar y de enjuiciar la realidad del que sería su modelo para siempre, Feijóo. Cuando José de Viera y Clavijo descubre el raciocinio de Feijóo es justo cuando deja de ser frío. Este autor, que fracasa como poeta, se encuentra a sus anchas cuando se trata de discurrir. No fue un pensador puro, pero Viera y Clavijo utilizaba un escepticismo elegante y una sonrisa burlona para criticar aquello que no le era demostrado.
Por otro lado abrazó la carrera eclesiástica. Sin embargo, nunca dejó de ser un pensador incómodo, poco dispuesto a obedecer cualquier tradición, asiduo buscador de literatura prohibida y por consiguiente, desde el punto de vista del Santo Oficio, poco seguro.
Viera llevaba una doble vida, la interior, que devoraba escritos de ilustrados pensadores de la época y que le iba presentando un nuevo mundo científico, y la exterior, que defendía la fe (aunque nunca la credulidad ciega).
Se trasladó a La Laguna a vivir y allí, siendo conocido ya, frecuentaba la casa de Nava y Grimón en donde formaban tertulia las personas de mayor relieve y cultura de la isla. Se reunían con cierta regularidad por el solo placer de reunirse y de conversar, de cambiar impresiones sobre las últimas noticias y los últimos libros llegados a Canarias, divertirse y jugar. Allí Viera cubriría las lagunas de su preparación y conseguiría la confianza que sólo puede dar la aprobación de los inteligentes.

Disfrutó de frecuentes tertulias en la casa de Nava y Grimón. A diferencia de las demás tertulias éstas no se centraban en el juego sino en los descubrimientos científicos y en el debate de nuevos pensamientos.
Posteriormente y debido a las amistades que forjaría en las tertulias anteriores, se le ofrece trabajar en Madrid, como preceptor del hijo de un marqués cercano a la corte. Allí vive muy cómodamente y amparado por la complicidad del marqués. Se codea con la nobleza y se desengaña al observar la gran hipocresía de la alta sociedad de la época. Realiza numerosos viajes y descubre de manera más cercana la ciencia. Su tiempo libre le permite escribir su mayor obra, la Historia de Canarias. Cuando el marqués se queda viudo lo acompaña a buscar una nueva mujer. Ella mucho más joven que el marqués vive numerosos romances fuera del matrimonio. Esto hace que Viera entienda que la duración de su contrato depende del tiempo de vida del marqués.
Pudo haber trabajado para las distintas amistades que hizo en la corte y valerse del buen nombre que allí tenía. Sin embargo, decidió regresar a las islas para pasar en ellas los últimos años de su vida de una manera apacible. En estos últimos años, le llegaron numerosas enfrentaciones con la Santa Inquisición y publicó decenas de documentos que no buscaban el amparo de los lectores sino que se escribían unidireccionalmente, quizás por el desagrado que le produjo la poca aceptación de su gran obra.

Fuentes:
VIERA Y CLAVIJO, José. 1982 (1772). Noticias de la Historia de Canarias. Edición a cargo de Alejandro Cioranescu. Goya
Más información en:
Hernández Gutiérrez A. S., et al. Biografías de científicos canarios: José de Viera y Clavijo.

Miércoles, 26 enero 2011 a las 13:15
Buen trabajo.
Miércoles, 26 enero 2011 a las 16:10
Gracias Karey Storr!