Miguel siempre fue un tipo raro. Gallego de nacimiento, llegó a Playa Blanca en una época en la que los jóvenes teníamos poco que contar.
Por aquel entonces, la mayor diversión que teníamos los chicos del pueblo era jugar al 3-3, que era una especie de escondite por equipos para el que nos reuníamos con cierta frecuencia. Hacía muy poco que habían construido una cancha de fútbol sala y, poco a poco, los juegos inventados por nosotros fueron dando paso al más popular de los deportes. Así, hasta que cayeron en el olvido.
Solíamos ser cuatro, como mínimo, los equipos de jóvenes que jugábamos en la cancha, respetábamos los turnos marcados por el equipo que anotara dos goles primero y jugábamos al clásico equipo-fuera hasta que aparecían por allí los mayores.
Los mayores estaban formados por tipos que, de media, tenían entre 25 y 35 años, normalmente iban vestidos con algún equipaje rescatado de principios de los 90, solían llevar unas medias futboleras subidas hasta las rodillas, formaban un grupo suficiente para crear dos equipos de su misma condición y nada más entrar en la cancha gritaban ¡niños! ¡Fuera! ¡Vamos a jugar al fútbol! Como si nosotros estuviéramos jugando al béisbol.
A veces nosotros nos revelábamos y les pedíamos que se ajustaran a las reglas del juego, que disputáramos un equipo-fuera. Con suerte, ellos, para divertirse, nos retaban a jugar un partido y, si ganábamos, jugábamos como decíamos nosotros pero, si perdíamos, nos íbamos al parque. Para el enfrentamiento siempre reuníamos una selección de los mejores jugadores de los cuatro equipos pero, aún así, siempre acabábamos en el parque en menos de dos minutos.
Un día normal en el que nos encontrábamos jugando desorganizadamente apareció por allí Miguel, llevaba un chándal Adidas, un polo blanco y un aspecto serio que compensaba la gracia de su físico pequeño y rechoncho. Entró en la cancha, se sentó cerca de la línea de banda y se pasó toda una tarde mirando lo mal que jugábamos. Dos días más tarde, un sábado, apareció con unas diez pelotas, unos cinco o seis conos y una bolsa llena con pelotas de tenis.
¿Queréis aprender a jugar a fútbol sala? – preguntó – En ese momento, le grité a mis compañeros que se dieran prisa que nos quedaba un gol y por lo menos deseaba terminar aquel partido ganando. Supuse que, tras Miguel, vendría su tropa de amigos para volvernos a echar de la cancha.
¡Yo os voy a enseñar a ganarle a los mayores! – dijo –
Aquellas palabras retumbaron en nuestros oídos de tal manera que paramos el juego. Nos acercamos a él y le preguntamos quién era. Él, apasionado, nos empezó a contar historias de fútbol sala que nos dejaban boquiabiertos. Se levantó, acercó una portería a la otra y nos pidió que echáramos partidos de dos contra dos, movía las porterías, nos repartía en la cancha y nos asignaba tareas con un balón. Nos explicaba cómo el fútbol sala es un juego de técnica y nos decía convencido que podríamos ganarle a los mayores, aunque tuvieran mejores condiciones que nosotros, y, además, fácilmente. Miguel es de ese tipo de personas que cuando te cuenta las cosas llegas a creer que puedes hacerlas tú mismo, y, claro, eso siempre funciona.
Poco a poco fuimos reuniéndonos hasta que quedábamos todos los sábados por la mañana en la cancha. Miguel siempre aparecía cargado, nos sentaba en el círculo central, en corro y con las piernas cruzadas, nos explicaba técnica de fútbol sala y nos hacía creer que nuestros sueños eran posibles. Pronto nos asignó un nombre, “El Promesas” y cada sábado aparecía un nuevo compañero motivado por nuestras historias de patio de colegio. Íbamos a la playa y allí Miguel nos pedía que pateáramos pelotas de tenis que nos lanzaba él mismo. Nos hacía multitud de juegos que nos extenuaban pero que poco a poco conseguían que controláramos el balón.
Sinceramente, a mí nunca se me ha dado bien el fútbol pero durante aquella época llegué a creerme que podría jugar como Fernando Hierro o Ronald Koeman. Miguel depositaba en cada uno de nosotros una confianza desmesurada que nos transmitía seguridad y ganas de mejorar. La realidad era que mejorábamos.
Un día me dijo que yo sería el capitán del “Promesas” –¿Por qué yo? Si casi todos mis compañeros juegan mejor. –pegunté sin entenderlo. –Porque tienes carácter y has sido el que más ha mejorado –me dijo–. Miguel era capaz de coger una rana y hacerla volar.
Pasado un tiempo, nos reunió en corro nuevamente y nos dijo que ya estábamos preparados para jugar contra los mayores. En aquel momento, sabíamos organizarnos en rombo, hacer permutaciones, lanzar tiros libres y, sobre todo, sabíamos creer que podíamos ganar. Una tarde de un día normal en el que nos encontramos para jugar un rato, apareció Miguel. Lo hizo quince minutos antes de la hora habitual de los mayores. Esperó a que nos echaran y, esta vez, fue él quien los retó a jugar contra nosotros el siguiente sábado por la tarde. Los mayores, dotados de una gracia especial, empezaron a ridiculizarlo y a preguntarle que quién se había creído él, que había visto muchos capítulos de Oliver y Benji. Todos nosotros saltamos a defender a nuestro míster y le preguntamos a los mayores si tenían miedo. Como suele ser habitual marcamos el ego de los mayores y accedieron a jugar un partido allí mismo y en aquel momento. Esta vez decidimos que el partido fuera de cuatro goles. El equipo que marcara cuatro goles ganaba.
Al empezar, los mayores se extrañaron de que formáramos un rombo en vez del 1-2-2 habitual. Empezó el partido y, transcurridos quince minutos, aún no nos habían marcado ni un gol. ¡Batimos todos los récord! Los mayores empezaron a impacientarse y comenzaron a tirar balonazos muy fuertes desde lejos, nos empujaban y toda la tensión que se respiraba hacía que nos metiéramos más en el papel de ganadores. Nos veíamos grandes y les disputábamos todas las pelotas. Un poco más tarde, tras un fallo defensivo, uno de los mayores tiró un tiro fuertísimo que dobló las manos de nuestro portero. 0-1. Todos nos acercamos al portero y, aunque aún tenía el susto en el cuerpo, señaló al otro campo y comprobamos que la alegría con la que aquellos incultos estaban celebrando el gol era proporcional al esfuerzo que les había costado meterlo. Lo animamos y le dijimos que lo había hecho muy bien, yo le dije que el fallo había sido mío, que lo sentía. Todos hicimos una piña, sacamos y en cosa de dos minutos nuestro pivote creó un hueco en la defensa, dimos un pase desde el córner al borde del área y uno de los nuestros acertó a meterla dentro. Luego ya no recuerdo sino patadas tiros demasiado fuertes, caídas y dolores de piernas. Pero lo que me devuelve la memoria con más claridad es la sonrisa de Miguel, su mano en mi cuello, sus suaves cabezazos en mi frente y sus palabras: “¡Podéis conseguir lo que os propongáis!”.













